El prólogo de Javier Negrete a La Máquina Espacial

javier negreteYa falta poco para que llegue a vuestra librería favorita La Máquina Espacial, la novela en la que Christopher Priest rinde homenaje a La Máquina del Tiempo y La Guerra de los Mundos de HG Wells con una continuación no oficial que combina las tramas de ambas. Hace un par de días publicamos la entrevista que le hicimos al autor británico, y hoy nos gustaría compartir con vosotros el maravilloso prólogo de Javier Negrete que acompañará al libro. No es que Negrete necesite demasiada presentación, pues es uno de los autores de género fantástico con una trayectoria más dilatada de nuestro país (os recordamos, por cierto, que podéis leer su artículo colaborativo con Juan Miguel Aguilera dedicado a la relación entre novela histórica y ciencia ficción siguiendo este enlace), pero os recordaremos que es el autor de obras tan importantes como Estado Crepuscular, La Mirada de las Furias, Señores del Olimpo o la saga de La Espada de Fuego, además de contar en su haber con dos premios UPC, tres premios Ignotus y un premio Minotauro.

Sin más, os dejamos con su prólogo a La Máquina Espacial.

LA MÁQUINA ESPACIAL

Javier Negrete

Cover La maquina espacialTratándose de prologar La máquina espacial, una novela que casi se ha convertido en un clásico y que es un homenaje a dos relatos clásicos, La máquina del tiempo y La guerra de los mundos, espero que me permitan a mí mismo retrotraerme un poco —o un bastante— en el tiempo, hasta la década de los ochenta, para contar cómo conocí por primera vez a Christopher Priest, en aquella ocasión por sus libros.

Siempre me gustó la ciencia ficción. Pero entre los diecisiete y los veinticinco años la devoré de forma compulsiva, dándome atracones por colecciones: Orbis, Ultramar, Acervo, Nova…

Incluso en esa época en que las librerías no tenían por qué parecer tan coloridas y vistosas como los videoclubes y las portadas eran más anodinas, los libros de la colección Nebulae estaban entre los menos atractivos a la vista. Pero poseían una gran virtud para un adolescente corto de dinero y hambriento de todo aquello que llevara la etiqueta de ciencia ficción: eran baratos, sobre todo si los compraba en las librerías de viejo de la cuesta de Moyano.

Como hacía con los demás, me leía los libros de Nebulae sin demasiado criterio, según les iba tocando el turno en la pila. (¡Ah, qué tiempos en los que leía a tal ritmo que era capaz de mantener bajo control esa famosa pila que se deposita en la mesilla de noche! Seguro que los lectores de cierta edad saben de lo que hablo). Así cayeron algunos clásicos de Clarke y fui conociendo a autores como Brian Aldiss, James Tiptree Jr., Bob Shaw o el inclasificable R. A. Lafferty. Algunas novelas me gustaban más, otros menos, pero todas las terminaba, pues en aquella época era muy disciplinado y ni se me pasaba por la cabeza dejar un libro a medias.

En esa colección encontré Indoctrinario. Quiso el azar que la primera novela que leí de Christopher Priest fue la primera que él había publicado. No suele darse esa casualidad, que a veces no es afortunada, porque la obra primeriza de un autor raramente es de las mejores; a menudo tiene demasiadas cosas que demostrar en ella y todavía le faltan recursos para hacerlo.

En el caso de Indoctrinario me encontré con una novela muy densa a pesar de su longitud —Priest nunca ha sido autor de «tochos»—, y también oscura. En ella, el protagonista  experimentaba con psicotrópicos que lo transportaban a un mundo postnuclear, en el Amazonas del siglo XXII. Era un tanto confusa, pero, a pesar de que no me enamoró, encontré algo en la voz del autor, una inteligencia original y penetrante.

Así que le hinqué el diente a Fuga para una isla. De nuevo había una guerra nuclear, que en este caso había provocado que millones de africanos emigraran a Inglaterra. Y, también de nuevo, Priest no se lo ponía fácil al lector, con saltos cronológicos constantes y más atmósfera ambiental que explicaciones racionales. Pero, además de impactarme emocionalmente, esta novela tan oscura me pareció mucho más completa y decidí buscar otras obras del autor.

Y así llegué a El mundo invertido, que no estaba en Nebulae sino en Ultramar. Una Obra Maestra, así, con mayúsculas iniciales; y no añado adjetivos más contundentes delante de Obra porque también serían malsonantes. Sí, una obra maestra de la ciencia ficción y de la literatura en general, si es que la literatura sabe apreciarse a sí misma. Es una de las lecturas que más me ha impactado en mi vida, y volveré sobre ella dentro de un momento.

No resultaba fácil entonces encontrar más novelas de Priest. Además, en aquella época él mismo dejó de considerarse un autor de ciencia ficción. Como cuenta de él John Clute en su monumental enciclopedia, publicada en 1995: «Durante 15 años [es decir, desde 1980] ha sacudido el panorama con juicios negativos y bien razonados de las cualidades literarias de la CF, sus pretensiones de ofrecer guías de conducta a la raza humana y sus temas en general. Dice que ya no escribe CF».

Para un adicto del género como lo era yo entonces, aquello era como si Priest me dijera: «Olvídate de mí». Aun así, tan sólo con El mundo invertido me bastaba para saber que había encontrado a uno de los autores más importantes del género y darle las gracias por lo que me había hecho experimentar el sentido de la maravilla.

Pero ocurre que, en realidad, los escritores como Priest no pueden abandonar la CF, porque ellos son la CF: el género los sigue allí donde van, ampliando fronteras. La clave no está únicamente en los temas que se tratan. Los autores de ciencia ficción auténticos, de casta, tienen una forma distinta y peculiar de mirar el mundo, como si lo alumbraran con una linterna de luz negra. Clute debía de pensar lo mismo, porque al final de su artículo sobre Priest apuntaba: «Pero su reluctancia a seguir el juego a la vieja CF no significa que nunca vuelva a jugar en los campos de la nueva».

Y ahora, un pequeño salto en el tiempo para contar la segunda vez que conocí a Christopher Priest, en esta ocasión personalmente. Fue en octubre de 2002. Yo estaba terminando de escribir La Espada de Fuego cuando nos invitaron a mi mujer y a mí a la entrega del premio Planeta. En aquella ocasión ganó Bryce Echenique con una novela que el bueno del autor peruano se empeñó en contar entera ante el micrófono, hasta que el público lo interrumpió —lo interrumpimos— varias veces con aplausos.

Compartimos aquella cena con Christopher Priest, que acababa de publicar El prestigio en Minotauro. También conocí en esa mesa a Paco García Lorenzana, que dirigía Minotauro a la sazón y con quien sólo había tratado por correo electrónico. Con Paco, a quien debo el impulso de varias de mis novelas, como la saga de Tramórea o Señores del Olimpo, me une desde entonces una gran amistad, y ha sido un honor para mí que me encargara el prólogo de un autor de la talla y la calidad de Priest. Gracias a eso, de alguna manera volvemos a coincidir los tres.

Recuerdo que cuando le dijimos a Priest que el Planeta pagaba al ganador seiscientos mil euros, se le abrieron de asombro esos ojos tan azules que tiene. «Really?», preguntó. Se ve que en Inglaterra no hay premios tan sustanciosos.

Después de la cena, tomamos unas cervezas con él y charlamos de literatura, del oficio de escritor y de muchas otras cosas. Cuando me contó que se dedicaba a la literatura a tiempo completo, le comenté: «¡Qué suerte! Te envidio. Así tendrás mucho más tiempo para escribir». Él, con toda su sorna británica contestó: «No te creas. Para lo único que sirve no tener otro trabajo que escribir es para levantarse más tarde por las mañanas».

Después de eso, he vuelto a ver a Priest varias veces en la Semana Negra y, sobre todo, en las Utopiales de Nantes, uno de los festivales más importantes de la ciencia ficción europea. Fue muy emocionante para mí verlo allí entregando a otro de mis ídolos del género, Robert Silverberg, el Prix Utopia como Gran Maestro de la ciencia ficción que él mismo había recibido el año anterior, 2001. Lo que demuestra que Christopher Priest ha superado esa especie de crisis antiCF que al parecer le asaltó a los cuarenta, y que no le importa reconocer sin complejos que pertenece a ese curioso mundillo en el que caben tantas voces distintas.

Y la suya es una de las más distintas de todas. Observemos un poco cuál ha sido su trayectoria.

Nuestro autor nació en 1943 en Cheadle, cerca de Manchester. En varias entrevistas ha confesado que creció leyendo ciencia ficción, y que pronto decidió que eso era lo que quería escribir. Durante un tiempo trabajó como contable y administrativo. Su primer relato, «The Run», apareció en el año 1966 en la revista inglesa SF Impulse. Siguió publicando en revistas, se animó y en 1968 dejó todo lo demás y se dedicó a escribir a tiempo completo (y a levantarse tarde, si le hacemos caso a él).

Su primera novela, Indoctrinario, apareció en 1970. Dos años después publicó Fuga para una isla. Ambas novelas, de las que ya he comentado algo, han sido calificadas como «oscuras y estructuralmente complejas».

Fue en 1974 cuando dio la campanada con El mundo invertido. Esta novela contiene una enorme riqueza de ideas y, sobre todo, un concepto asombroso: el de la ciudad rodante llamada Tierra que viaja siempre hacia el norte y no puede detenerse. Debido a ello, sus habitantes tienen que arrancar los raíles por los que ya ha pasado la ciudad para tenderlos delante de ella y conseguir que alcance el llamado «Óptimo». La frase con la que se presenta su protagonista, «Yo había cumplido las seiscientas cincuenta millas de edad», se ha hecho célebre como un ejemplo de los recursos que posee la ciencia ficción para sumergirnos con una sola frase y sin anestesia en lo extraño y lo maravilloso.

Pero Christopher Priest no es sólo un escritor de conceptos. Su forma de abordar los argumentos que se le ocurren es elaborada y a menudo indirecta. Confiesa que si lo hiciera de modo más frontal, al estilo de los clásicos de la CF como Poul Anderson, se aburriría. Según sus propias palabras, lo que intenta cuando tiene una idea es agazaparse en su camino y, de pronto, ¡zas!, abalanzarse sobre ella y pillarla por sorpresa. Es curioso imaginárselo así, acechando precisamente el paso de la ciudad rodante condenada a viajar eternamente.

El mundo invertido supone un gran salto sobre sus dos novelas anteriores. Por eso no puedo sino recomendar a los lectores que, cuando acaben con La máquina espacial —cosa que les llevará poco tiempo, porque una vez que se abre este libro resulta muy difícil dejarlo a un lado— corran a buscarla a alguna librería de segunda mano. Y de paso, recomiendo a los editores españoles que quieran oírme que rescaten este título.

Después de El mundo invertido vinieron más obras de ciencia ficción, como La máquina espacial, de la que hablaremos con más detalle enseguida y que ganó el premio Ditmar, otorgado por la Asociación Australiana de Ciencia Ficción.

Fue al entrar en la década de los 80 cuando Priest pareció abandonar la ciencia ficción escribiendo libros de temas más mainstream, aunque siempre con ese inconfundible toque que tiene un autor de CF. Pero esa negación del género, como anticipaba John Clute, no duró mucho. Precisamente en 1995, el mismo año en que se publicaba la Enciclopedia ilustrada de la ciencia ficción, apareció El prestigio. Que, ciertamente, no es una obra escrita al estilo de la CF a la vieja usanza…, pero es ciencia ficción, y que le valió un premio tan prestigioso del género como el World Fantasy Award.

El prestigio es un auténtico tour de force literario en el que el autor no sólo utiliza uno de sus recursos narrativos favoritos, el unreliable narrator o narrador engañoso, sino que lo duplica y multiplica. Priest, que considera que la lectura no debe ser una actividad pasiva, procura poner a prueba a los lectores constantemente y someterlos a tensión. En el caso de esta novela, lo consigue literalmente hasta la última página, sin dejar de sorprendernos con la historia de este duelo entre dos magos rivales lleno de trampas.

Fue una gran alegría enterarme de que iban a llevar esta novela al cine, porque un escritor de la talla de Priest se merecía el plus de popularidad —y dinero— que dan las adaptaciones cinematográficas. Pero mi alegría se multiplicó al ver la película, dirigida por el siempre interesante Christopher Nolan, y comprobar que era excelente y que, siendo muy distinta del libro, había sabido reflejar el espíritu del original.

Después de El prestigio, Priest ha publicado obras tan interesantes como Experiencias extremas S.A. o, sobre todo, La separación, una ucronía ambientada en la Segunda Guerra Mundial muy recomendable.

La novela que ahora nos ocupa, La máquina espacial, se publicó en 1976, dos años después de El mundo invertido. Puede decirse, pues, que Christopher Priest la escribió en un momento de plenitud creativa.

La acción empieza en abril de 1893. El protagonista y narrador, Edward Turnbull, es un joven representante comercial que lleva una existencia bastante anodina, alojándose la mayor parte del tiempo en pensiones de medio pelo y compartiendo conversaciones superficiales con otros viajantes que se aburren tanto como él. Pero en el hotel Devonshire de Skipton conoce a un personaje que se sale de lo habitual: Amelia Fitzgibbon, una joven bella, de carácter independiente y con mucha iniciativa. A Turnbull le atrae Amelia, pero su propia timidez y las convenciones mojigatas de la época le impiden acercarse a ella. Hasta que se entera de que es ayudante de Sir William Reynolds, un famoso inventor al que admira.

Con esa excusa, Turnbull, que irá creciendo en audacia conforme avance la novela, se decide a abordar a Amelia y consigue que ella lo invite a la mansión de Sir William. Allí, la joven le enseña el último y más asombroso invento de su jefe: una máquina del tiempo (que es exactamente esa máquina del tiempo, sí, la misma en la que montaba Rod Taylor en la película de 1960). Aprovechando que Sir William tiene que ausentarse, Amelia propone a Turnbull probar aquel artefacto.

Como suele ocurrir en estos casos aplicando las leyes de Murphy, lo que puede ir mal va mal. Tras una breve e inquietante visita a su propio futuro, Turnbull trastea sin querer  con una barra de control y ambos averiguan que la máquina no se desplaza únicamente en el tiempo, sino también en el espacio. Cuando el aparato se detiene, descubren que los ha depositado o más bien abandonado en un paraje desértico y sembrado de una extraña maleza roja en el que cuesta respirar. Al principio Amelia y Turnbull creen que se trata de algún rincón desolado de la Tierra, pero poco a poco todos los indicios apuntan a que la máquina los ha llevado mucho más lejos: a Marte.

Como se suele decir, hasta aquí puedo leer…

La máquina espacial es el homenaje literario que Christopher Priest dedicó a Herbert George Wells, uno de los creadores de la ciencia ficción y un autor al que admira (de hecho, ahora es uno de los vicepresidentes de la H. G. Wells Society, junto con otros autores tan destacados como Stephen Baxter o Brian Aldiss). Hay en ella elementos de La máquina del tiempo y La guerra de los mundos, dos obras que seguramente Wells nunca pensó en combinar, pero que Priest une en un continuum de una lógica argumental perfecta, rellenando huecos y añadiendo elementos propios que son coherentes con las novelas originales.

A diferencia de otras obras suyas, el tono aquí es más ligero y desenfadado y la acción discurre en línea recta: los únicos saltos en el tiempo son los que da la propia máquina de Sir William. Pero eso no significa que el autor haya abordado la historia de un modo del todo convencional. En una entrevista para la revista Ansible, Priest confiesa que le dio muchas vueltas a la manera de enfocarla, hasta que gracias a un personaje que introdujo para hacer un cameo al final —y cuyo nombre me abstendré de mencionar— consiguió darle el giro que quería. En sus propias palabras:

Todavía era una novela científica siguiendo el modelo wellsiano, pero ahora […] no era sólo una recreación o un pastiche, sino una novela contemporánea situada en un pasado metaficticio. […] Eso abrió más posibilidades para hacer chistes, desarrollar el argumento y comprender a los personajes, así que creo que el resultado es que la novela es más divertida.

 Priest llama a La máquina del tiempo «scientific romance», que se puede traducir como «novela científica», pero que también admite el doble juego de «romance» o «novela romántica». Y hay mucho romanticismo en ella. Nuestro héroe, Edward Turnbull, cae enamorado de Amelia a las primeras de cambio. Al principio, porque es prácticamente la única mujer que entra en su vida. Después, porque descubre que es una joven de una gran inteligencia y vitalidad. Su amor por Amelia será, de hecho, el principal motor de la historia, al menos hasta que descubramos más cosas sobre la situación en Marte y la relación de esta novela con La guerra de los mundos.

Por otra parte, hay en La máquina espacial una intensa carga de erotismo. Por supuesto, quien espere algo del estilo de esas sombras de Grey que nos rodean como una plaga se sentirá decepcionado. Estamos hablando de erotismo victoriano. Pero Priest sabe plasmar con tal maestría la atmósfera de finales del XIX y su mentalidad  que, cuando por un delicioso equívoco Turnbull tiene que esconderse en la habitación que Amelia ocupa en el hotel, notamos cómo la temperatura de la estancia se eleva varios grados sin que se vea nada de más ni ocurra nada inconveniente. (Faltaría más, son británicos…) Ese erotismo va reflejándose en pequeños detalles, tan bien narrados que cuando Turnbull se sienta en la máquina espacial con Amelia y roza levemente su cuerpo, nuestras pulsaciones se aceleran igual que le ocurre a él. La tensión sexual sigue in crescendo hasta alcanzar unos picos máximos en Marte, cuya atmósfera enrarecida y gélida obliga a ambos jóvenes a compartir una estrecha cercanía física. En particular, la escena del corsé de Amelia es deliciosamente simbólica.

Pero, insisto, todo está contado desde el punto de vista de un caballero de finales del XIX, tan sometido a sus convenciones que incluso Amelia le dice en alguna ocasión: «¡No seas tan formal!». Ése es otro gran acierto de Priest en La máquina espacial. Su homenaje a Wells funciona perfectamente porque Priest ha mimetizado e interiorizado el estilo literario y el paisaje mental de la época. Siendo una historia con momentos muy crudos —y no hablo ahora del sexo, sino de las escenas de destrucción tanto en Marte como en la Tierra, magistralmente narradas—, todo está mostrado como a través de un sutil velo. Priest nos enseña lo que nos quiere enseñar, incluyendo situaciones que ponen los pelos de punta, pero siempre con ese tono contenido que tendría un caballero británico en el apogeo de su imperio. Lo mismo podemos decir de los elementos científicos: más elaborados que en Wells, lógicamente, se describen sin embargo tal como los puede interpretar la mirada de un joven viajante decimonónico. En ese sentido, al leer La máquina espacial no pude sino acordarme de otro juego literario que ha sabido utilizar con habilidad la voz del siglo XXI, Los horrores del escalpelo, la peculiar visión de los crímenes de Jack el Destripador de Daniel Mares, otro autor de CF.

No quiero entretener más a los lectores. Pasen un par de páginas más y disfruten de la emocionante aventura y el enternecedor romance de Edward Turnbull y Amelia Fitzgibbon en los mundos que H. G. Wells imaginó y que Christopher Priest ha re-creado literalmente.

Y, si les gusta leer con música, no puedo evitar recomendarles como banda sonora uno de mis discos favoritos: The War of the Worlds de Jeff Wayne. Su disfrute, se lo garantizo, será doble.

4 pensamientos en “El prólogo de Javier Negrete a La Máquina Espacial

  1. Muy buen prólogo para un libro que estoy deseando tener (es de los pocos que no he leído de Priest), además siendo homenaje a Wells me atrae más aún. Solo un apunte y es que “El mundo invertido” sí que ha sido reeditado en 2012 por “La factoría de ideas” (estoy de acuerdo en que es una OBRA MAESTRA con todas las letras).

    • ¡Gracias Rubén!

      Hemos detectado el error después de publicar el prólogo, así que publicaremos una errata en el blog y lo corregiremos en próximas ediciones.

      Gracias por el apunte.

  2. ¡De nada!. Gracias a vosotros por editar joyas como esta. Es que no quería que se quedara alguien sin leer “El mundo invertido” pensando que estuviera descatalogado.

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