Artículo Invitado: “Ni tan invisibles, ni tan traidores” de Manuel de los Reyes

Manuel de los Reyes, a quien podréis encontrar en twitter bajo el alias tradelosreyes, es uno de los traductores más activos dentro del género fantástico en España. A su buen hacer le debemos la posibilidad de leer la obra de Paolo Bacigalupi y, próximamente, Hannu Rajaniemi, por no mencionar la actualización de la edición en español de Isaac Asimov u obras como Sólo el Acero, de Richard Morgan o el Ciclo de Viriconium de M. John Harrison. Su historial como traductor se suma a su participación en diversas iniciativas orientadas a la difusión del género fántastico, la más reciente de las cuales es su conferencia “Reflexiones en torno a la traducción de la literatura fantástica“, en la trigésima edición de la Hispacon organizada hace dos semanas en Urnieta, cuyo vídeo podeís ver íntegro en el blog Sense of Wonder.

Hoy tenemos el privilegio de presentaros un artículo que Manuel de los Reyes ha escrito para el blog de la colección sobre la figura del traductor literario. Estamos seguros de que lo disfrutaréis.

¡Démosle una calurosa bienvenida y que esta no sea la última vez que le vemos por el blog!

 


Ni tan invisibles, ni tan traidores

Manuel de los Reyes

 

Siempre he sentido curiosidad por conocer todo lo posible acerca de la forma de trabajar de otros compañeros de profesión, y me alegra poder decir que de un tiempo a esta parte me estoy pegando verdaderos atracones. No hace mucho que Cristina Macía, responsable de verter al castellano la ya archiconocida serie de Canción de hielo y fuego, de George R.R. Martin, visitaba mi antigua alma máter para hablar de su experiencia vital y laboral ante la nueva hornada de licenciados en Traducción e Interpretación que viene pisando fuerte. Apenas unos días antes, Carlos Pavón se asomaba al blog de Luis G. Prado, responsable de la editorial Bibliópolis/Alamut, para desvelarnos algunos de los entresijos de su último trabajo, la traducción de Zendegi, del australiano Greg Egan (uno de los escritores que más pasiones despierta entre los aficionados a la ciencia-ficción más «dura»), y Manu Viciano hacía lo propio en Zona Fandom para compartir con nosotros lo que se siente vertiendo las novelas de Terry Pratchett a nuestro idioma. Antes de eso había disfrutado leyendo en Adicción Literaria las declaraciones de Pilar Ramírez Tello, traductora de la trilogía distópica de Suzanne Collins, Los juegos del hambre, y ya previamente había tenido ocasión de disfrutar de las reflexiones en torno a su trabajo con que nos regalaba Noemí Risco Mateo en la web de Silvia Schettin, quien a su vez protagonizara tampoco hace mucho la inmensamente recomendable tercera entrega del podcast de los VerdHugos. No está nada mal para tratarse de un gremio al que tradicionalmente va unida la palabra «invisibilidad».

Quizá se deba a que esa cualidad presuntamente invisible del traductor posee en realidad un matiz menos literal de lo que a veces se le atribuye: no es que no abandonemos jamás nuestra cueva, ni asomemos la patita, ni levantemos la cabeza o alcemos la voz ocasionalmente para hablar de lo que nos gusta y además se supone que conocemos (sobre todo de un tiempo a esta parte, cuando parece que una cada vez más numerosa cantidad de lectores y aficionados se interesan por nuestra labor y nos tienen a tan solo un email de distancia para plantearnos todas las preguntas que se les ocurran), sino que lo que sobrentendemos como invisibilidad en este caso podría desdoblarse en dos caras bien diferenciadas de una misma moneda. Por una parte tendríamos la invisibilidad promovida antaño desde las propias editoriales, cuando nuestro nombre podía llegar a omitirse por completo en los créditos de una novela; afortunadamente, esta suerte de menosprecio está adquiriendo a marchas forzadas connotaciones de verdadera reliquia del pasado, y son cada vez más los editores que consideran justo y pertinente (e incluso, por qué no, incluso ventajoso) exhibir los nombres de sus traductores en zonas prominentes de la contracubierta o la mismísima cubierta de sus libros. La función de este gesto es doble: por un lado, sirve para reconocer la importancia del papel que desempeña el traductor en el proceso de elaboración de una novela; y por otro, contribuye a concienciar a los lectores del tremendo esfuerzo colectivo que se esconde detrás de esas obras que se disponen a comprar o que ya están disfrutando.

Paradójicamente, sospecho que en algunos casos podría tratarse no tanto de invisibilidad como de «ceguera selectiva» lo que afecta, en vez de a los traductores, a una considerable porción del colectivo lector. Me temo que perdura aún esa imagen contumaz del traductor como «enemigo a batir», un intermediario tan molesto como inevitable al que muchos mandarían con viento fresco a poco que supieran defenderse en la lengua materna de sus escritores extranjeros predilectos. Esta predisposición en contra de la traducción como obra y del traductor como profesional nos mueve en ocasiones a ser más críticos con los textos vertidos de otro idioma al nuestro que con aquellos escritos originalmente en nuestra lengua, a exacerbar la importancia aun del más mínimo desliz ortotipográfico, a abandonar incluso la lectura de la novela que tengamos entre manos como nos encontremos dos letras cambiadas de sitio y, en ocasiones, incluso a declarar sin empacho que toda traducción no es más que un insulso remedo del original. Todo lo cual no es óbice, sin embargo, para que nos felicitemos y lo celebremos cada vez que uno de nuestros compatriotas anuncia que alguna editorial extranjera ha comprado los derechos de su novela. Como si fueran a hacer con ella algo más que… en fin: traducirla.

Aún otro grado de invisibilidad atañería a la inteligibilidad del texto traducido, a esa cualidad mimética que le permite sonar tan natural que «no parece una traducción», como si, por pundonor, debiera ocultar un incómodo defectillo físico de esos que causan vergüenza ajena en el observador. El inconveniente de estas traducciones tan extraordinarias que trascienden su condición de «insulso remedo del original» es que corren el peligro de concitar en el lector la impresión de no estar leyendo ninguna traducción ni, por consiguiente, la obra de ningún traductor. A fin de generar una traducción que no parezca una traducción, no obstante, su artífice (ergo: el traductor) habrá tenido que zambullirse en el texto de partida, empaparse del estilo del sin duda portentosamente imaginativo escritor, seguir sus pasos por la tortuosa senda de la documentación y, en el caso de la literatura fantástica, invocar a las musas y armarse de inspiración para volcar sobre el papel unos escenarios, unos personajes y unas situaciones que probablemente carezcan de la menor ancla en nuestra realidad. Demasiado esfuerzo como para que nuestra máxima aspiración sea que pase inadvertido.

Y sin embargo me consta que este, entre otros, es el objetivo de muchos de nosotros cuando estamos trabajando: no solo llegar a la fecha de entrega propuesta por el editor, no solo honrar las incontables horas de trabajo invertidas por el autor en su libro, no solo satisfacer las expectativas del lector que ha invertido sus buenos dineros en una novela que quizá llevaba años anticipando… no solo todo eso y más, sino respetar además tanto la forma como el fondo de lo que traducimos, objetivo al que únicamente podremos aproximarnos merced a un profundo conocimiento del amedrentador compendio de normas por las que se rigen nuestras lenguas de trabajo. Por esta responsabilidad consustancial a nuestra labor me da a veces la impresión de que el traductor debe de contarse entre los lectores más completos que existen, pues, salvo error u omisión, hasta la última coma será siempre merecedora de toda nuestra atención. Y pensar que, a pesar de todo, estamos abocados a ser eternos sospechosos de alta traición… Traduttore, traditore? Ma per favore!

2 pensamientos en “Artículo Invitado: “Ni tan invisibles, ni tan traidores” de Manuel de los Reyes

  1. Manuel demuestra con este artículo que los traductores son lectores voraces y buenos escritores. Solo así una persona -el translator, en este caso- es capaz de verter a otro lenguaje toda la magia contenida en una obra concebida en un determinado idioma. Porque la magia, aunque sea un concepto universal, mueve su varita de distintas maneras dependiendo de la lengua utilizada… aunque el efecto sea el mismo.

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